El nicaragüense es teatral, pasional y muy expresivo. Cuando te cuentan un cuecho (chisme) tan fuerte que te deja sin respiración, un simple «¡Oh, vaya!» no es suficiente. Necesitas invocar a las altas esferas.
Soltar un «¡Señor Cristo!» o un prolongado «¡Padre Eterno de la Gloooria!» llevándote las manos a la cabeza es la reacción estándar ante una noticia impactante, un susto enorme o un escándalo mayúsculo.
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