Palabras y expresiones
de Nicaragua

  • Breve (y nada aburrida) historia de Nicaragua, Parte II: Filibusteros, sombreros rebeldes y una familia muy acaparadora

    Nos habíamos quedado en 1838. Nicaragua se separa del resto de Centroamérica, se declara una república independiente y libre. Todo pintaba de maravilla, ¿verdad? Pues no. Como buenos vecinos que no se soportan, los intelectuales de León (liberales) y los aristócratas de Granada (conservadores) decidieron que la mejor forma de celebrar la independencia era entrar en una guerra civil casi ininterrumpida.

    Y de esa pelea vecinal, surgió la peor idea de la historia del país.

    1855: William Walker, el peor huésped de Airbnb de la historia

    En 1855, los liberales de León estaban perdiendo la guerra contra los conservadores de Granada y pensaron: «¿Y si contratamos a unos mercenarios extranjeros para que nos hagan el trabajo sucio?». Así contactaron a William Walker, un médico, abogado y aventurero estadounidense que tenía el extraño hobby de invadir países latinoamericanos con ejércitos privados (a esta gente se le llamaba «filibusteros»).

    Walker llegó con un grupo de hombres armados, ayudó a tomar Granada y, acto seguido, hizo lo que cualquiera que no entiende indirectas haría: se apoderó del país. Así es. Walker organizó unas elecciones amañadas, se nombró Presidente de Nicaragua, declaró el inglés como idioma oficial y restableció la esclavitud.

    Esto hizo que los nicaragüenses (de León y de Granada) dijeran: «¡Ideay, aguanta! Solo nosotros tenemos derecho a pelearnos entre nosotros». Se unieron, llamaron a los ejércitos de Costa Rica, Honduras, El Salvador y Guatemala, y se armó la Guerra Nacional.

    El clímax de esta historia ocurrió en la Batalla de San Jacinto (1856). Aquí brilló la figura de Andrés Castro, un soldado nicaragüense que, al quedarse sin munición para su rifle, no se lo pensó dos veces: agarró una piedra del suelo y se la lanzó con una puntería letal a un filibustero estadounidense, derribándolo en el acto. Una prueba histórica de que el nicaragüense «no le mide pelo a nada». Walker terminó huyendo y el país volvió a ser de los nicas.

    El Canal que no fue y la visita extra larga de los Marines

    A finales del siglo XIX y principios del XX, Nicaragua tenía algo que todo el mundo quería: la ruta perfecta para hacer un canal interoceánico. Antes de que Panamá se llevara el premio, todos los ojos estaban puestos en el Río San Juan y el Gran Lago.

    Estados Unidos, que no quería que nadie más (especialmente los europeos) jugara en su patio trasero, decidió intervenir. Con la excusa de proteger sus intereses y mantener la «estabilidad», los Marines estadounidenses desembarcaron en Nicaragua en 1912 y, básicamente, se quedaron a vivir allí durante más de 20 años.

    1927: Sandino y el sombrero que se volvió leyenda

    A la mayoría de los políticos de la época les parecía bien tener a los Marines por ahí, pero a un hombre de origen humilde llamado Augusto C. Sandino le pareció que la situación estaba muy chiva.

    Sandino dijo un rotundo «¡Nel pastel!» a la ocupación extranjera y se fue a las montañas del norte con un ejército de campesinos mal armados. Con tácticas de guerrilla, volvió locos a los Marines durante años. Su silueta, siempre con un sombrero de ala ancha gigante, se convirtió en un símbolo de resistencia en toda América Latina. Finalmente, los Marines, hartos del clima, de los mosquitos y de no poder atrapar a Sandino, hicieron las maletas en 1933.

    Pero antes de irse, la encabaron. Dejaron creada la Guardia Nacional y pusieron al mando a un tipo muy ambicioso llamado Anastasio Somoza García.

    1936-1979: La Dinastía Somoza (o cómo manejar un país como tu propia finca)

    Somoza no perdió el tiempo. Lo primero que hizo fue mandar asesinar a Sandino a traición después de una cena de paz en 1934. Dos años después, dio un golpe de Estado y se hizo con el poder.

    Aquí empezó la «Dinastía Somoza». Anastasio y luego sus dos hijos (Luis y Anastasio Jr.) gobernaron Nicaragua de forma dictatorial durante más de 40 años. Básicamente, convirtieron el país en su negocio familiar. Eran dueños de las aerolíneas, los bancos, las haciendas, las navieras… si algo daba dinero en Nicaragua, llevaba la firma de un Somoza.

    La gota que colmó el vaso cayó en 1972. Un devastador terremoto destruyó Managua. La comunidad internacional envió millones en ayuda, pero Somoza decidió que esa ayuda quedaba mejor en sus cuentas bancarias suizas que reconstruyendo la ciudad. El pueblo nicaragüense, como es lógico, botó la gorra.

    1979: La Revolución y el final del culebrón (más o menos)

    El descontento general alimentó al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), un grupo guerrillero inspirado en aquel señor del sombrero. Tras años de dura lucha y con el apoyo de casi toda la población, el 19 de julio de 1979 derrocaron al último de los Somoza, quien tuvo que irse en guinda hacia Miami.

    La década de los 80 fue otra montaña rusa de Guerra Fría, escasez y conflictos armados (la famosa guerra de los Contras), pero en 1990, los nicaragüenses decidieron que ya estaban muy cansados de tanta bala. Fueron a las urnas, eligieron a Violeta Barrios de Chamorro (la primera mujer presidenta electa en todo el continente americano) y, por fin, el país empezó a respirar en paz.

    Conclusión

    Si has llegado hasta aquí, entenderás por qué Nicaragua es un país tan único. Ha sobrevivido a piratas, filibusteros de alquiler, imperios extranjeros, terremotos y dictadores acaparadores. Todo ese bagaje histórico ha forjado a una población resiliente, que sabe reírse de sus propias desgracias, que valora la paz por encima de todo y que siempre te recibirá con los dientes pelados y un buen plato de vigorón.

  • Breve (y nada aburrida) historia de Nicaragua, Parte III: Piñatas, pactos oscuros y árboles de metal

    Bienvenidos a la temporada final de esta intensa telenovela histórica. Habíamos dejado a Nicaragua en 1990, cuando el país, cansado de tanta guerra, escasez y de tener que hacer fila hasta para comprar jabón, fue a las urnas y eligió a Doña Violeta Barrios de Chamorro.

    Parecía que por fin iba a reinar la paz en el chante, pero en la política nicaragüense las cosas nunca son tan sencillas. Abrochaos los cinturones, porque los últimos 30 años han sido un viaje lleno de giros argumentales dignos de Hollywood.

    1990: Doña Violeta y la famosa «Piñata»

    Violeta Chamorro, vestida siempre de blanco como símbolo de paz, se convirtió en la primera mujer presidenta electa de América. Su misión era titánica: reconciliar a un país dividido y arreglar una economía que tenía una inflación tan alta que el dinero perdía valor en el trayecto del banco al supermercado.

    Pero el gobierno saliente (el Frente Sandinista) no se fue con las manos vacías. Antes de entregar el poder, aprobaron leyes de urgencia para transferirse legalmente a su nombre miles de propiedades del Estado: casas, fincas, empresas y vehículos. A este saqueo de última hora, los nicaragüenses, con su inigualable humor negro, lo bautizaron como «La Piñata Sandinista». Literalmente, se fueron de humo llevándose hasta los ceniceros.

    1997-2002: Arnoldo Alemán y el pacto que la encabó

    A finales de los 90, la economía empezó a mejorar y llegó a la presidencia Arnoldo Alemán, un político liberal conocido popularmente como «El Gordo». Durante su mandato se construyeron carreteras y la economía creció, pero también lo hizo la corrupción a niveles estratosféricos. Básicamente, la tarjeta de crédito del Estado se usaba como si fuera el dinero del Monopoly.

    Pero el mayor «legado» de Alemán no fueron los puentes, sino un acuerdo secreto que cambiaría la historia del país. Alemán, acorralado por acusaciones de corrupción, hizo un trato bajo la mesa con el líder de la oposición, Daniel Ortega. A esto se le conoce como «El Pacto». Se repartieron los poderes del Estado como si fueran porciones de pizza y bajaron el porcentaje de votos necesarios para ganar la presidencia al 35%. ¿Por qué? Porque Ortega sabía que nunca conseguiría la mitad de los votos del país, pero un 35% sí le alcanzaba. La encabaron a lo grande.

    2002-2007: Enrique Bolaños, el abuelo rebelde

    Alemán terminó su mandato y dejó en la presidencia a su vicepresidente, Enrique Bolaños, pensando que sería su marioneta perfecta. Sin embargo, don Enrique, un señor mayor con pinta de abuelo bonachón, le dijo: «¡Nel pastel!».

    En cuanto Bolaños se puso la banda presidencial, se tomó en serio lo de limpiar el país, le quitó la inmunidad a Alemán y lo mandó a arrestar por lavado de dinero y corrupción. Fue un momento de justicia poética, aunque gobernar sin el apoyo de su propio partido ni de la oposición hizo que el mandato de Bolaños fuera, cuanto menos, muy chiva.

    2007-Presente: El «Comeback» y los árboles de lata

    Gracias al «Pacto» que habían firmado años atrás, en 2007 Daniel Ortega logró volver al poder con solo un 38% de los votos. Y, al parecer, el sillón presidencial era tan cómodo que decidió no volver a levantarse jamás.

    Ortega llegó en el momento perfecto: el petróleo venezolano de Hugo Chávez fluía como el agua. Con esos petrodólares financiaron programas sociales, pero también compraron canales de televisión y controlaron todo el país. La coprotagonista de esta etapa es su esposa y actual vicepresidenta, Rosario Murillo. Famosa por su estilo esotérico, su ropa colorida y por llenar las avenidas de la capital con gigantescos «Árboles de la Vida» de metal iluminados con miles de bombillas, que los locales bautizaron rápidamente con un rebane clásico: los «Chayopalos» o «Arbolatas».

    2018: El país bota la gorra

    Todo parecía estar bajo un control absoluto hasta que llegó abril de 2018. Una reforma fallida al seguro social y un incendio en una reserva biológica fueron la chispa. Los estudiantes universitarios salieron a protestar, el gobierno respondió con represión, y el país entero, literalmente, botó la gorra.

    Durante meses, los nicaragüenses levantaron barricadas de adoquines en las calles (una táctica que, irónicamente, habían aprendido de la revolución del 79). La respuesta estatal fue durísima, sumiendo al país en una crisis política de la que no ha salido, provocando que miles de pinoleros tuvieran que hacer las maletas y buscar una nueva vida en el extranjero, incluyendo destinos como España y Costa Rica.

    A pesar de que el clima político actual es restrictivo y surrealista (hasta el punto de quitarle la nacionalidad a sus propios escritores y músicos), la esencia del nicaragüense sigue intacta.

    El veredicto final

    Si lees la historia de Nicaragua, podrías pensar que es un país sumido en la tristeza, pero la realidad en sus calles es todo lo contrario. Han sobrevivido a caciques, piratas, dictaduras dinásticas, piñatas, pactos de trastienda y árboles de metal.

    Precisamente por todo este caótico pasado, el nicaragüense ha aprendido a vivir al suave, a reírse de sí mismo, a compartir su chante con el visitante y a cocinar el mejor vigorón del mundo. Nicaragua es un recordatorio de que la política de un país no define el corazón de su gente. Y el corazón de Nicaragua es, sin duda alguna, diacachimba.

  • Breve (y nada aburrida) historia de Nicaragua: Caciques preguntones, piratas de secano y una independencia muy indecisa

    Si piensas que la historia es solo una lista interminable de fechas aburridas y señores con pelucas polvorientas, es porque aún no conoces cómo se formó Nicaragua.

    La historia del gigante centroamericano tiene más giros de guión que una telenovela de las tres de la tarde: hay caciques filósofos, conquistadores perdiendo la cabeza (literalmente), piratas haciendo turismo de saqueo y una independencia que parecía un grupo de WhatsApp donde nadie se ponía de acuerdo.

    Ponte cómodo/a, sírvete un buen café (o un tapis, si ya es la hora), que vamos a viajar en el tiempo.

    Los primeros inquilinos: «buscando un chante con vistas al volcán»

    Mucho antes de que los europeos aparecieran con sus armaduras —una pésima elección de vestuario para el trópico, todo sea dicho—, Nicaragua ya era el destino inmobiliario más codiciado de la zona.

    Resulta que, siglos atrás, grupos como los chorotegas y los nicaraos decidieron mudarse desde México hacia el sur. ¿El motivo? Huir de sus vecinos del norte (los toltecas y olmecas), que estaban cobrando demasiados impuestos y eran un poco intensos con eso de los sacrificios.

    Al llegar a lo que hoy es Nicaragua, vieron lagos del tamaño de mares, tierras ultra fértiles y volcanes por todas partes. Dijeron: «¡Este chante está diacachimba!», y se quedaron.

    1522: El choque cultural y el cacique filósofo

    El verdadero espectáculo empieza en 1522, cuando el explorador español Gil González Dávila asoma la nariz por la región. Gil pensó que iba a llegar, clavar una bandera, asustar a los locales y llevarse el oro. Pero no contaba con encontrarse con el Cacique Nicarao (o Macuilmiquiztli, para los amigos).

    Nicarao era, básicamente, el Sócrates de Centroamérica. En lugar de impresionarse por los caballos o las espadas, sentó a Gil González y le hizo un examen sorpresa de cultura general y astronomía que dejó al español sudando en frío.

    Según los cronistas de la época, el cacique le preguntó cosas como: «Ideay, ¿y de dónde sale el sol? ¿Por qué se mueve la luna? ¿Por qué tan poquita gente (los españoles) quiere tanto oro? ¿Y por qué tienen tanto pelo en la cara?».

    A Gil le dio un dolor de cabeza intentando responder, pero se llevó un montón de oro a cambio de bautizar a la tribu. Un trato justo para la época.

    De hecho, el nombre del país viene (según la teoría más aceptada) de unir el nombre del cacique «Nicarao» con la palabra «agua», por la inmensidad de sus lagos.

    1524: Francisco Hernández de Córdoba y el inicio de la rivalidad eterna

    Un par de años después, en 1524, llega Francisco Hernández de Córdoba (sí, el señor que le da nombre a la moneda actual del país). Francisco venía con ganas de construir y fundó las dos joyas de la corona: Granada a orillas del lago, y León cerca del volcán Momotombo.

    Aquí nació la eterna rivalidad nicaragüense. Granada se llenó de comerciantes conservadores de clase alta a los que les gustaba la tranquilidad del lago. León se convirtió en el nido de los intelectuales, liberales y universitarios. Era como el Madrid vs. Barcelona del siglo XVI.

    ¿Y qué pasó con el pobre Francisco? Pues que intentó independizarse de su jefe, el temible Pedrarias Dávila. Pedrarias, que no era un hombre de mucha paciencia, viajó hasta Nicaragua y le cortó la cabeza en la plaza mayor de León. Fin del primer capítulo colonial.

    Piratas del Caribe… ¡en agua dulce!

    Avanzamos un poco en la época colonial. Granada se había vuelto obscenamente rica gracias al comercio. Pero había un pequeño problema de diseño geográfico: el Lago Cocibolca está conectado con el Mar Caribe a través del Río San Juan.

    Los piratas ingleses, franceses y holandeses (incluyendo al mismísimo Henry Morgan) se dieron cuenta de esto y pensaron: «¿Para qué saquear en el mar si podemos ir en barco hasta la puerta de sus casas?».

    Así que los piratas se dedicaron a hacer «turismo fluvial» subiendo por el río, asaltando Granada, quemándola un poquito y volviéndose al Caribe.

    Esto obligó a los españoles a construir el famoso Castillo de la Inmaculada Concepción en medio del río para ponerles un peaje a cañonazos.

    1821: La Independencia (o el síndrome del «ahora qué hacemos»)

    Llegamos a 1821. La fiebre independentista recorre América. El 15 de septiembre de ese año, en Guatemala, se firma el Acta de Independencia de Centroamérica. La noticia llegó a Nicaragua a caballo días después. La reacción fue, literalmente: «¡Somos libres!… ¿y ahora qué hacemos?».

    La independencia de Nicaragua fue como apuntarse a un plan un viernes por la noche sin saber a dónde vas:

    1. 1821: ¡Somos independientes de España!
    2. 1822: Uy, qué miedo estar solos. ¡Mejor nos anexamos al Imperio Mexicano de Agustín de Iturbide!
    3. 1823: Iturbide cae. ¡Nos salimos de México! Vamos a formar las «Provincias Unidas del Centro de América» con nuestros vecinos.
    4. 1838: Esto de estar unidos es muy complicado, nos peleamos mucho. ¿Saben qué? La encabamos. Mejor nos separamos del todo.

    Y así, el 30 de abril de 1838, Nicaragua dijo «¡Nel pastel!» al resto de repúblicas y se declaró un Estado libre, soberano e independiente por su cuenta.

    El resumen

    La historia de Nicaragua no es la de un pueblo sumiso, sino la de una tierra volcánica habitada por gente astuta, resiliente y con mucha chispa.

    Desde un cacique que le dio lecciones de filosofía a los españoles, hasta la fundación de ciudades que sobrevivieron a piratas de agua dulce.

    Entender su pasado es la única forma de comprender por qué los nicaragüenses de hoy en día son los anfitriones más cálidos, divertidos y orgullosos de toda Centroamérica.

  • Chante

    «Chante» es un término coloquial utilizado para describir una casa o vivienda. También puede referirse a un lugar donde la gente se reúne o socializa. Los nicaragüenses sienten un gran orgullo por sus hogares, y decir «chante» refleja la importancia de la comunidad y la hospitalidad en su cultura.

  • Chatel y Cipote

    En lecciones anteriores aprendimos que a los jóvenes se les llama «chavalos». Pero si hablamos de niños más pequeños, chiquillos o críos, las palabras mágicas son chatel o cipote. Son términos muy cariñosos y de uso diario en cualquier hogar nicaragüense.

  • Chavalo / Chavala

    Es un término cariñoso utilizado en Nicaragua para referirse a un joven, un niño o un muchacho. Refleja la calidez y el afecto con el que los nicaragüenses tratan a las nuevas generaciones.

  • Chele / Chela

    Deriva de la palabra «leche» al revés. En Nicaragua, se le llama «chele» a cualquier persona que tenga la piel muy blanca, el cabello rubio o los ojos claros. Como turista extranjero, es muy probable que te llamen cariñosamente «el chele» o «la chela».

  • Chirizo

    Una palabra muy descriptiva que se usa para hablar del cabello. Alguien «chirizo» es una persona que tiene el pelo muy lacio, puntiagudo, rebelde o que simplemente anda despeinado con los pelos de punta.

  • Chocho

    ¡Chocho! Es la exclamación por excelencia para denotar asombro, sorpresa gigante o incluso un poco de incredulidad. Si ves un paisaje espectacular o te cuentan un chisme increíble, soltar un buen «¡chocho!» con los ojos muy abiertos es la respuesta más natural que puedes dar.

  • Chunche

    «Chunche» es la palabra salvavidas por excelencia. Sirve para referirse a casi cualquier cosa, especialmente cuando no te acuerdas del nombre exacto de un objeto. Por ejemplo, «Pásame ese chunche» significa exactamente «Pásame esa cosa de ahí».