No los llames duendes. Prefieren que no hables de ellos.

En los pueblos de Nicaragua, especialmente en Monimbó, hay una leyenda que se niega a morir. La cuentan en voz baja, solo cuando no hay niños cerca.

Y dice así:

🦶 No son niños

Tienen el tamaño de un pequeño de cinco años.
Pero su mirada es vieja.
Tan vieja que duele.

Caminan en fila, sin hablar.
Visten túnicas rojas de manta.
Piel morena. Cabello liso. Rasgos de los pueblos originarios.

Pero hay algo que no encaja.
Algo que hace que las abuelas se persignen sin querer.

👣 Sus pies están al revés.

Volteados, hacia atrás.

No es un defecto.
Es una trampa.

Si intentas seguirlos, confundes el rastro.
Y te pierdes para siempre.

👁️ Solo algunos los ven

No todos pueden verlos.

Solo los niños pequeños.
Y los mudos.

Cuando un niño los ve, no grita.
Llora.
Pero no con un llanto normal.
Las abuelas lo reconocen: es un llanto que no es de este mundo.

Y si el niño no ha sido bautizado…
…los duendes lo miran distinto.

⚠️ Lo que nadie te dice

Te dirán que los duendes toman niños.
Que se los llevan al monte.
Que los convierten en uno de ellos.

Y todo eso es verdad.
Pero no es lo peor.

Lo peor es que no siempre desaparecen.

A veces el niño vuelve.
Días después.
Semanas.
Con los pies volteados hacia atrás.
Y una mirada vieja.

Pero ya no habla.
Solo mira.
Y cuando intentas abrazarlo… huele a cueva.

🧺 Los regalos

No todo es malo. Los duendes son artesanos. Fabrican molinillos diminutos, jícaras imposibles, piedras de moler del tamaño de una uña.

Si les caes bien, dejan uno en tu puerta.

Pero aceptarlo es un pacto.
Y nadie sabe lo que piden a cambio.

Solo que, después de aceptar, empiezas a escuchar pasitos detrás de ti.
Siempre detrás.
Nunca de frente.

👶 Lo que vio Doña Ruth López

Hace más de treinta años, Doña Ruth tenía un bebé recién nacido.

El niño reía sin motivo.
Señalaba al vacío con sus deditos.
Movía las manos como si imitara a alguien.

Una noche, apareció debajo de su cuna.

Nadie lo había movido.
No había golpes.
No había llanto.

Solo el bebé, despierto, riéndose solo… haciendo muecas que un recién nacido no debería saber hacer.

Un día, cayó talco al suelo.

Aparecieron huellas pequeñas.
Demasiado pequeñas para ser de un adulto.
Demasiado grandes para ser de su bebé.

Huellas de un niño de cinco años.

Pero los únicos niños en esa casa eran el recién nacido… y dos hermanos de diez y trece años.

Ninguno de los dos tenía los pies tan pequeños.

Lo bautizaron.

Los sucesos se volvieron más raros.
Más espaciados.
Hasta que desaparecieron.

¿Casualidad?

Doña Ruth aún lo cuenta.
Treinta años después.
Y todavía se le enchina la piel.

🌎 No es solo aquí

Europa tiene sus goblins.
México sus aluxes.
Nicaragua tiene estos duendes.

Pero los de Monimbó no roban llaves ni esconden monedas.
No son traviesos.

Son antiguos.

Y lo que quieren…
…no lo sabemos.

Solo que siguen allí.
En las cuevas.
En el silencio del monte.
Mientras tú lees esto.

Una última cosa

Tal vez no creas en duendes.

Pero pregúntate esto:

¿Por qué en todas las culturas del mundo, separadas por océanos y siglos, hay niños que describen exactamente a los mismos seres?

¿Por qué los mudos, que no pueden inventar una historia, los señalan con el dedo?

¿Y por qué, justo ahora, sientes que alguien pequeño te observa desde algún rincón?

No mires atrás.

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