Bienvenidos a la temporada final de esta intensa telenovela histórica. Habíamos dejado a Nicaragua en 1990, cuando el país, cansado de tanta guerra, escasez y de tener que hacer fila hasta para comprar jabón, fue a las urnas y eligió a Doña Violeta Barrios de Chamorro.
Parecía que por fin iba a reinar la paz en el chante, pero en la política nicaragüense las cosas nunca son tan sencillas. Abrochaos los cinturones, porque los últimos 30 años han sido un viaje lleno de giros argumentales dignos de Hollywood.
1990: Doña Violeta y la famosa «Piñata»
Violeta Chamorro, vestida siempre de blanco como símbolo de paz, se convirtió en la primera mujer presidenta electa de América. Su misión era titánica: reconciliar a un país dividido y arreglar una economía que tenía una inflación tan alta que el dinero perdía valor en el trayecto del banco al supermercado.
Pero el gobierno saliente (el Frente Sandinista) no se fue con las manos vacías. Antes de entregar el poder, aprobaron leyes de urgencia para transferirse legalmente a su nombre miles de propiedades del Estado: casas, fincas, empresas y vehículos. A este saqueo de última hora, los nicaragüenses, con su inigualable humor negro, lo bautizaron como «La Piñata Sandinista». Literalmente, se fueron de humo llevándose hasta los ceniceros.
1997-2002: Arnoldo Alemán y el pacto que la encabó
A finales de los 90, la economía empezó a mejorar y llegó a la presidencia Arnoldo Alemán, un político liberal conocido popularmente como «El Gordo». Durante su mandato se construyeron carreteras y la economía creció, pero también lo hizo la corrupción a niveles estratosféricos. Básicamente, la tarjeta de crédito del Estado se usaba como si fuera el dinero del Monopoly.
Pero el mayor «legado» de Alemán no fueron los puentes, sino un acuerdo secreto que cambiaría la historia del país. Alemán, acorralado por acusaciones de corrupción, hizo un trato bajo la mesa con el líder de la oposición, Daniel Ortega. A esto se le conoce como «El Pacto». Se repartieron los poderes del Estado como si fueran porciones de pizza y bajaron el porcentaje de votos necesarios para ganar la presidencia al 35%. ¿Por qué? Porque Ortega sabía que nunca conseguiría la mitad de los votos del país, pero un 35% sí le alcanzaba. La encabaron a lo grande.
2002-2007: Enrique Bolaños, el abuelo rebelde
Alemán terminó su mandato y dejó en la presidencia a su vicepresidente, Enrique Bolaños, pensando que sería su marioneta perfecta. Sin embargo, don Enrique, un señor mayor con pinta de abuelo bonachón, le dijo: «¡Nel pastel!».
En cuanto Bolaños se puso la banda presidencial, se tomó en serio lo de limpiar el país, le quitó la inmunidad a Alemán y lo mandó a arrestar por lavado de dinero y corrupción. Fue un momento de justicia poética, aunque gobernar sin el apoyo de su propio partido ni de la oposición hizo que el mandato de Bolaños fuera, cuanto menos, muy chiva.
2007-Presente: El «Comeback» y los árboles de lata
Gracias al «Pacto» que habían firmado años atrás, en 2007 Daniel Ortega logró volver al poder con solo un 38% de los votos. Y, al parecer, el sillón presidencial era tan cómodo que decidió no volver a levantarse jamás.
Ortega llegó en el momento perfecto: el petróleo venezolano de Hugo Chávez fluía como el agua. Con esos petrodólares financiaron programas sociales, pero también compraron canales de televisión y controlaron todo el país. La coprotagonista de esta etapa es su esposa y actual vicepresidenta, Rosario Murillo. Famosa por su estilo esotérico, su ropa colorida y por llenar las avenidas de la capital con gigantescos «Árboles de la Vida» de metal iluminados con miles de bombillas, que los locales bautizaron rápidamente con un rebane clásico: los «Chayopalos» o «Arbolatas».
2018: El país bota la gorra
Todo parecía estar bajo un control absoluto hasta que llegó abril de 2018. Una reforma fallida al seguro social y un incendio en una reserva biológica fueron la chispa. Los estudiantes universitarios salieron a protestar, el gobierno respondió con represión, y el país entero, literalmente, botó la gorra.
Durante meses, los nicaragüenses levantaron barricadas de adoquines en las calles (una táctica que, irónicamente, habían aprendido de la revolución del 79). La respuesta estatal fue durísima, sumiendo al país en una crisis política de la que no ha salido, provocando que miles de pinoleros tuvieran que hacer las maletas y buscar una nueva vida en el extranjero, incluyendo destinos como España y Costa Rica.
A pesar de que el clima político actual es restrictivo y surrealista (hasta el punto de quitarle la nacionalidad a sus propios escritores y músicos), la esencia del nicaragüense sigue intacta.
El veredicto final
Si lees la historia de Nicaragua, podrías pensar que es un país sumido en la tristeza, pero la realidad en sus calles es todo lo contrario. Han sobrevivido a caciques, piratas, dictaduras dinásticas, piñatas, pactos de trastienda y árboles de metal.
Precisamente por todo este caótico pasado, el nicaragüense ha aprendido a vivir al suave, a reírse de sí mismo, a compartir su chante con el visitante y a cocinar el mejor vigorón del mundo. Nicaragua es un recordatorio de que la política de un país no define el corazón de su gente. Y el corazón de Nicaragua es, sin duda alguna, diacachimba.
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